Lauren Bacall



Lauren Bacall (1924) es una de las divas del séptimo arte y en las que más me inspiro a menudo, precisamente por su elegancia en pantalla y ese aire a la vez de mujer fatal. Desprendía un estilo que iba a cambiar los cánones imperantes de la época.
Betty Joan Weinstein, más conocida como Lauren Bacall, nació en Nueva York, el 16 de septiembre de 1924 hija de unos emigrantes judíos, polaco el padre y de una madre rumana. Ella pasará a la historia del cine como Lauren pero todavía hoy sus amigos la siguen llamando Betty, Betty Bacall.

Cuando empezó como sus padres no tenían dinero, para pagarse sus estudios trabajó como modelo. Y este fue el principio de lo que sería su gran carrera como actriz. Con 17 años, Lauren apareció en la portada de la revista Harper’s Bazaar donde la vió el director Howard Hawks que estaba buscando una protagonista para una adaptación cinematográfico de una novela de Raymond Chandler. Y esa fue su primera película, Tener o no Tener (1944) dirigida por Howard Hawks y donde conoció al que sería su marido Humphrey Bogart. A pesar de que ella apenas tenía 19 años y él 45 el amor surgió durante el rodaje y estuvieron juntos hasta la muerte de Bogart en 1957.



Y una vez comenzado el rodaje de su primera película llegó el momento de enfrentarse con la realidad (y con Bogart). Fue demasiado para la inexperta actriz que no conseguía dejar de temblar debido a los nervios en las escenas con Humphrey(que eran casi todas y muy intensas). Ideó entonces una técnica para controlar el temblor: bajar la cabeza, mantener la barbilla incli­nada sobre el pecho y levantar la mirada hacia Bo­gart. El éxito fue total, no sólo escondió los nervios sino que, ese gesto, unido a los inteligentes, sensuales e iró­nicos diálogos de Tener y no tener, crearon la imagen de belleza fuerte e insolente que acompañará a Bacall pa­ra siempre e hizo que se le apodase “The Look” (la mi­rada).
Para el diseño de vestuario recurrieron a dos de las gran­des del momento: Milo Anderson y Leah Rhodes, que realzaron su esbelta figura y ayudaron a transmitir su desenvuelta dureza. Los cigarrillos y el humo que en­volvían las escenas harían el resto.
          

Su voz ronca y su icónico peinado fueron sus señas de identidad, sumado a su talento interpretativo y su elegancia, esa que sólo existió en el cine negro de Hollywood de los años 40 y 50



Hasta pronto, sean felices
Laura

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